9 de octubre de 2016

The Iron Lady 2.0

Hoy, leyendo las últimas noticias internacionales, me ha llamado la atención una noticia de LaVanguardia.com sobre la situación del Brexit. Hace unos meses, tras el resultado del referéndum, ya hice un breve análisis sobre sus resultados, sin embargo, ahora nos está asombrando la posición del nuevo ejecutivo británico encabezado por la conservadora Theresa May. 
Unos días atrás podíamos leer que en el congreso conservador, los responsables de exteriores ya anunciaban medidas contra la inmigración, empezando por demandar a las empresas listas de los trabajadores no británicos. Ahora, tal como se explica en la noticia antes mencionada, habrá restricciones en los visados de estudiantes, la sanidad será compuesta plenamente por personal británico, etc. 
Todo el mundo hablaba de negociación, pero, al parecer, el ejecutivo británico no quiere negociar nada que no sea bajo sus condiciones. Práctica histórica habitual del viejo imperio. Quieren controlar sus fronteras, sin embargo seguramente busquen mantener muchos de los privilegios que supone mantenerse dentro de Europa. Recordemos que exportan e importan muchos productos, bienes y servicios desde el continente. Es de extrañar, por ello, esta posición que, la Redacción de La Vanguardia cataloga de 'Brexit duro'.
Aquí se plantean serios problemas. Londres ha sido los últimos 50 años la City comercial europea por excelencia, se han nutrido de miles de personas de la Unión para reforzar su mercado laboral. Por ejemplo, la cuestión de los profesionales sanitarios, dentro de su estrategia política, entiendo que quieran solo profesionales británicos, pero ¿si no hay suficientes? ¿Qué sucede si falta personal y el sistema sanitario empieza a nutrirse de problemas como largas colas de espera en urgencias, en pruebas de diagnóstico, en operaciones? Porque el mensaje de "primero los de casa" puede ser atractivo para una población crispada por la crisis, pero ¿si los de casa no son suficientes? 
Pensemos, por ejemplo, en una localidad cualquiera, autosuficiente y autogobernada, pero al frente tenemos unos dirigentes xenófobos y racistas, cuyo eslogan es el mismo que acabamos de emular. El medico del pueblo, el arquitecto del ayuntamiento, el maestro y el juez acaban de jubilarse. Resulta que hay gente necesitada de un puesto laboral, sin embargo carecen de unos estudios que les permitan acceder a cualquiera de esos puestos, sin tener en cuenta una experiencia laboral previa. ¿Qué sucede entonces? ¿No habrá que buscar un médico, un arquitecto, un maestro y un juez que provengan de fuera de esa comunidad autogobernada, racista, xenófoba e intransigente? ¿Qué le sucederá al Reino Unido cuando no tenga suficientes médicos, enfermeros, jueces, arquitectos, economistas y su política migratoria de 'cierre de fronteras' ponga demasiadas trabas a la entrada de migrantes? ¿Con quien negociará las exportaciones e importaciones si se ha negado a sentarse con franceses y alemanes? ¿Las viejas colonias que aun recuerdan su estancia allí y algunas de las atrocidades que realizaron?
Creo que hay ciertas cuestiones a tener en cuenta, y esto parece una nueva maniobra del Partido Conservador para evitar una disgregación del voto de la extrema derecha hacia partidos como el UKIP, algo así como lo que ya hizo Cameron en la anterior campaña al prometer el referéndum. O quizás la nueva élite que dirige a los conservadores tiene un toque más extemo, incluso me atrevo a decir que más a la derecha de Thatcher, The Iron Lady. ¿Querrá ahora Theresa May arrebatar el título a la primera mujer que dirigió un gobierno británico? ¿Querrá ser The Iron Lady 2.0?

6 de octubre de 2016

Sacralidad

Tertuliano, un apologeta del siglo II, venía a sentenciar algo así: "Credo quia absurdum" (Creo porque es absurdo), aunque claro, literalmente la frase era más compleja (Credible quia ineptum: certum est quia impossibile est, que traducido sería: Creo porque es estúpido: es cierto porque es imposible). Sin embargo, la primera frase sintetiza bien lo que decía Tertuliano.

Alguna gente también atribuía esta primera frase a San Agustín de Hipona, padre de la Iglesia Romana, quien adaptó exitosamente la filosofía platónica a las tesis cristianas. Y esto nos lleva al hilo de las discusiones teológicas en torno a los mensajes de las religiones, su veracidad, sus interpretaciones, la existencia o negación de un ente divino (Dios), la tradición, la sacralización. 
Lo sagrado es importante, porque en el momento que algo se vuelve sacro para la sociedad, es algo que se vuelve incuestionable. Pensemos pues en Dios y las interpretaciones de sus mensajes para los humanos. La existencia de los profetas (Moisés, Abraham, Ismael, Noé, etc.), ha sido incuestionable, incuestionable porque es sagrada. Y el uso de la sacralización se ha extendido fuera de la religión, o también me aventuro a decir que la religión ha sobrepasado los límites de lo divino centrado en Dios y sus mensajes. 

Miremos ahora hacia nuestra sociedad, encontramos elementos sagrados fuera de las iglesias. Reyes, repúblicas, equipos de fútbol, personajes públicos, el estado, la nación. Cosas que se han armado de sacralidad, lo que las convierte en eternos, pétreos e inmutables, también las convierte en algo que es desde la noche de los tiempos, ese lugar remoto e inexacto del pasado, cuando nada era nada y lo era todo. Pero al hilo de lo sagrado, en los últimos doscientos años, hemos ido sacralizando hechos históricos, fechas, personas. Por ejemplo, ¿Qué me dicen del 14 de julio francés? ¿o del 12 de octubre en el mundo hispánico? ¿Y la carga de la caballería ligera de los británicos? ¿O Michael Collins en Irlanda? ¿Qué pasa con Messi o Cristiano Ronaldo, personajes sacros de la actualidad? El problema de algo que se torna sagrado no es que sea bueno o malo, en un sentido puramente moral del bien y el mal, al contrario de todo esto, estas cosas se sitúan por encima de lo bueno y lo malo. Y algo que se vuelve sacro genera ultras, sobrepasa su mundanismo y los torna férreos defensores del nuevo ente cuasi divino.

No podemos evitar que, al cobijo del devenir histórico, los elementos comunes sobre los que se identifica un grupo de gente se tornen sacrosantos y divinos. Y se tornan universales al mismo tiempo, porque la religión, sobre todo la católica, ha tendido a asumir que lo sagrado es universal, y bebiendo nosotros de esas raíces católico-romanas (al menos los que nos llamamos occidentales), no podemos evitar volver universal lo sagrado. 

Y siguiendo el caso, lo universal también es sinónimo de eterno, porque lo universal es todo, y el todo se vuelve eterno, que viene a ser algo que siempre ha sido y siempre será. No cabe lo finito dentro de lo universal, dentro de lo eterno. Dios nunca ha tenido límites, es omnipotente, y como entidad omnipotente (que todo lo puede), no puede tener límites. (aunque aquí entraríamos en una paradoja sobre Dios y su omnipotencia que no viene al caso) Y, ya no la idea de Dios en sí, sino la idea de lo divino como infinito, ergo eterno, ergo universal, ergo sagrado; hace que aquellas cosas que le damos estatus de sacras, se vuelvan eternas y, por tanto, infinitas.

Es cierto que en la actualidad el ser beato ya no requiere participar del rito religioso tradicional, o lo que es lo mismo, ir a misa. Requiere toda una serie de símbolos de todo tipo. Ir a ver el partido del fin de semana, participar de las manifestaciones nacionales, etc., se han convertido en nuevos lugares de culto, y no llevan a deducir que lo sagrado ha superado las barreras eclesiásticas. Ya no basta con ser un buen cristiano, o al menos parecerlo. Hay que parecer un buen seguidor de un equipo deportivo, un buen ciudadano que participa de la nación, a fin de cuentas, participar de los nuevos ritos religiosos para demostrar afección por las nuevas realidades sacras.

22 de septiembre de 2016

Historiografía competente

Los debates historiográficos, debido a los cambios disciplinarios de las últimas décadas, se encuentran en plena ebullición. Sin embargo, todos estos debates son ajenos a la sociedad. La historiografía es la ciencia histórica, las corrientes que analizan y explican los hechos históricos de la historia humana. Y es una cuestión importante, es importante sacar el debate a la calle, lejos del mundo académico que lo monopoliza constantemente. Entender la Historia, nuestra historia, nos puede ayudar a comprender los retos de la sociedad actual, las dificultades a las que el mundo, intensamente globalizado e interconectado, se enfrenta. 
Está claro que los historiadores no somos adivinos o profetas, nuestro trabajo se centra en explicar por qué han sucedido las cosas y cómo repercuten en la sociedad, mediante el uso del método hipotético-deductivo, o lo que es lo mismo, el método científico. Las corrientes historiográficas en las que nos vamos inscribiendo son tendencias sobre las cuales tendemos a dar más peso a unos factores que a otros, siempre mediante la argumentación y las pruebas documentales y/o arqueológicas. Hoy, estas corrientes se están transformando, la historiografía marxista ha perdido fuelle en frente de la historiografía conceptual o la etnográfica. Esto como gran cambio en la tendencia de las últimas décadas.
Frente a esto, la presencia del humanismo va perdiendo fuelle, ha pasado a un segundo plano; olvidando que fue el humanismo el que sacó la cultura fuera de los muros monásticos, quien puso las primeras piedras para que, con el tiempo, el saber, la información, la cultura de otros tiempos, fuera extensible a todas las capas sociales. Pero a pesar de todo, parece ser que el conocimiento se vuelve estanco, reducido a círculos académicos cerrados. La interconexión y la transversalidad entre los diferentes ámbitos humanistas están completamente rotas. ¿A caso los historiadores nos atrevemos a entrar en los debates sobre las nuevas corrientes filosóficas? ¿O qué sucede cuando sabemos que la RAE incluye nuevos vocablos, y el debate se reduce solo a los ámbitos filológicos hispanos?
No entramos aquí, del mismo modo que el mundo filosófico, geográfico o filológico, en cuestiones historiográficas (que no históricas). Sin embargo, el golpe más duro vino cuando se produjo una separación de facto entre historiografía y arqueología, haciendo cada uno su camino después de siglos caminando juntos.
Estoy de acuerdo que la diversificación nos ha permitido ahondar más en cuestiones concretas, sin embargo, esta diversificación ha traído consigo la desconexión dentro del humanismo, o mejor dicho, en todo el ámbito científico.
Estas brechas entre disciplinas también han afectado a la historiografía, a sus corrientes, que lejos de interconectarse, se van difuminando. Historiar es complicado, cada día más debido a los retos archivísticos que se nos van presentando (El estado español niega el acceso a fuentes documentales, lo que impide conocer testimonios de personas que ya no caminan entre nosotros), pero se nos une le obstáculo de la diversificación historiográfica, en la que las tendencias, lejos de encontrar puntos en común, se van esparciendo más en el espacio-tiempo.
El reto de los nuevos historiadores es, o bien continuar diversificando más, o bien ralentizar esta diversificación al ritmo que tendemos puentes entre nosotros, y los tendemos hacia el resto de disciplinas humanísticas, buscando siempre el quid pro quo.

Iván Garnelo Morán

25 de junio de 2016

¿Qué ha pasado, Europa?


Ayer, a las 8:30 am, sonaba el despertador. La noche anterior me había ido a dormir a la una de la madrugada con la expectación sobre el resultado del “Brexit”. Preparo café, abro mi ordenador, y ¡Sorpresa!, el Reino Unido ha votado irse.

Televisión, diarios digitales de todos los países. Mi suposición se confirmaba. Días atrás hablaba con unos colegas sobre el “Brexit”, y todos concluían que ganaría el ‘Remain’, sin embargo, dar una apuesta clara era inviable. Sigo las tertulias en las televisiones. Como no puedo ver más de una canal a la vez en la Televisión, decido poner el directo web de alguna cadena. RTVE, TV3, La Vanguardia Internacional, El País, The Times, The Guardian, Le Monde, Le Fígaro… Mucha información, hay que ordenarla.

Vuelvo a hacer café mientras de fondo anuncian la comparecencia de David Cameron a las 9:15 am. Riguroso directo. Tras alabar la capacidad democrática británica y dar la enhorabuena a sus adversarios (Su campaña fue a favor del ‘Remain’), anuncia algo en gran parte evidente, su dimisión. Pero lo hace al estilo inglés, de forma ordenada y paso a paso. En tres meses los británicos tendrán nuevo ‘Premier’.

Tras su comparecencia, llegan las del resto de líderes europeos, incluido Mariano Rajoy, para mi sorpresa, bastante lúcido y sin dislexias. Acabado esto, con el paso de la mañana y con muchos artículos, noticias, debates, etc., voy intentando sacar alguna cosa en claro. Estadísticas de voto, porcentajes… un bombardeo constante de información. ¿Qué ha pasado, Europa?

Todos sabemos que tras el desastre que habían supuesto para el viejo continente dos Guerras Mundiales en menos de medio siglo, no se podía permitir volver a un horror como aquél. Millones de muertos, millones de refugiados, millones de huérfanos, ciudades y poblaciones en ruinas. Algo había que hacer, y los países centroeuropeos, con Francia y Alemania a la cabeza, inician la creación de un marco de entendimiento. Una serie de tratados, organizaciones supranacionales. En 1948 nace la UEO[1] con el Tratado de Bruselas, sin embargo, el punto fuerte será la CECA[2] en 1951, la CEE[3] en 1956 y el Euratom en 1957, que son los tratados que constituyen las Comunidades Europeas.

En 1973, el Reino Unido se une a las Comunidades Europeas. Y será en 1992, con el Tratado de Maastrich, cuando la Unión Europea tal como la conocemos, nace. Los británicos estaban en ese momento, estaban con Europa. Sin embargo, en estos 24 años, Europa se ha ido debilitando, sus cimientos se han ido pudriendo; y el “Brexit” de los británicos es una muestra de ello, en parte. Es muestra de crear una Unión Europea con una base económica, pues las organizaciones de origen tienen una marcada base económica, y esto ha marcado la marcha de la Unión, a pesar de los tratados posteriores a Maastrich.

Por otro lado, los conservadores británicos son los que han llevado al Reino Unido a este punto. David Cameron ganó las elecciones hace dos años, pero bajo la promesa del referéndum y utilizando un discurso anti-inmigración para mantener el voto de la derecha británica en todo su espectro, centrándolo mayoritariamente en el partido tory.

Ahora la Unión Europea y el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte se enfrentan, cada uno, a un reto interno. La Unión Europea a evitar que haya un efecto rebote sobre otros estados miembros, pues muchos de los partidos euroescépticos, como el FNF de Le Pen, abogan por referéndums idénticos y tienen fuerza electoral en sus respectivos países. Los británicos, con Escocia e Irlanda del Norte, donde el ‘Remain’ ha ganado de forma aplastante, pueden buscar una salida de la Unión y constituirse como estados soberanos. Los escoceses ya han iniciado un proceso para convocar un nuevo referéndum sobre la independencia.

En cuanto a las cuestiones económicas, que es lo que parece preocupar al mundillo intelectual, lo cierto es que se abren muchas posibilidades, no podemos hacer suposiciones sobre ninguna de las opciones de las que se hablan en los debates. Hasta el momento no ha ocurrido nada similar (el caso de Groenlandia en 1985 no supuso que Dinamarca abandonara la UE, simplemente ese territorio danés decidió que no debía estar dentro, pero Dinamarca siguió como estado miembro).

El “Brexit” nos tiene que dejar claro que en Europa hay algo que no funciona, que la Unión Europea tal como la hemos concebido hasta el momento, no puede seguir un camino mucho más largo. La Unión Europea debe, quizás, avanzar a un nuevo plano de unificación supranacional, pero la emergencia de los debates nacionalistas, xenófobos, de “defensa de la patria”, en el marco de una crisis social, en la que el pueblo ha visto rotas sus expectativas, no permite aupar una regeneración y renovación del proyecto europeo, de avanzar hacia los Estado Unidos de Europa.



[1] Unión Europea Occidental
[2] Comunidad Europea del Carbón y del Acero
[3] Comunidad Económica Europea

31 de marzo de 2016

NACIÓN Y NACIONALISMO: ¿UNA REALIDAD INDEFINIBLE?*

A menudo, en el mundo de las religiones, sobre todo las monoteístas, se dice que la “divinidad”, “Dios”, es indefinible –en algunas, incluso, irrepresentable-, a pesar de su existencia. ¿Pasará algo parecido cuando hablamos de nacionalismo o de nación?  Muchos historiadores, politólogos y científicos sociales han intentado desde el siglo XIX dar una respuesta. Sin nos acercamos a muchos de estos autores, como Ernest Renan, Eric Hobsbawm o E. Gellner, podríamos concluir que definir el significado de nación o nacionalismo es harto imposible; y -en palabras de Renan- se presta a los más peligrosos equívocos. O el mismo José Mª Gil-Robles hijo, que nos dice que encontrar una definición pacífica y comúnmente aceptada (…) es prácticamente imposible.
Realizando una perspectiva histórica, la noción que la sociedad actual adquiere para estos conceptos, se fragua en los últimos doscientos años. Hablamos pues, en el sentido que la definen Hobsbawm y Gellner, sobre Nación Moderna. Coincido en la dificultad de definir la nación. ¿Dónde empieza y dónde acaba? ¿Quién otorga los parámetros de la nacionalidad? ¿El nacionalismo es dado por la nación, o sucede a la inversa? ¿La nación es una realidad cultural, social, lingüística, histórica? Hoy, cuando viajamos y respondemos a la pregunta sobre de dónde somos o cuál es nuestra nacionalidad, concretamos con la adscripción de un país –o dos si tenemos doble nacionalidad-, es decir, estamos adscritos a una realidad territorial, dentro de unas fronteras. Por ejemplo, si yo viajo al Reino Unido y me preguntan: “Where are you from?”, sin pensar responderé: “Spain”, y mi homólogo rápidamente sabrá donde situarme en el mapa. Con esto quiero decir que la nacionalidad, brazo identitario del individuo perteneciente a un país, y por ende, a la nación; en la mayoría de casos se adscribe a unas fronteras físicas de un territorio concreto. Aun así la identidad no siempre es clara, y dependiendo de la realidad concreta de cada país, la respuesta puede estar, digamos, especificada. Por ejemplo mi amigo Marc. Si él se encontrara en la misma situación que yo, aclararía que es de Catalunya, es decir, que la respuesta “Spain” es un genérico, para que el otro se sitúe. A la inversa, en el caso británico, podríamos encontrar la situación en la que el visitante anglosajón aclare que es de Inglaterra, Escocia, Gales o Irlanda del Norte. Sin embargo a un francés no le sucedería, es francés y punto. Puede aclararte de qué lugar de Francia, como “Bretagne” o “La Normandie”, pero no aclarará que es normando o bretón, simplemente es francés. Lo mismo nos sucede con otros muchos europeos, o americanos.
Por tanto regresamos al punto en el cual nos vemos en la necesidad de definir qué es una nación. Renan, en su conferencia de 1882 “Qu’est-ce que c’est une nation?”, dice que la nación es un resultado histórico de hechos convergentes. Al mismo tiempo, Gellner nos indica que es un fenómeno y construcción de la contemporaneidad, a fin de cuentas, su hijo. Por lo tanto, creo que debiéramos considerar que la nación es un artificio fruto del imaginario colectivo, tras la imposición de una élite, para controlar a una población.
F. Xavier Guerra, sobre el fenómeno en América, diferencia a ésta de Europa en la construcción de la nación en un punto. En América primero aparece la Nación y luego el brazo ideológico, el nacionalismo. En Europa el echo está invertido, primero se arma la ideología y ésta lleva a la consecución de la Nación. Personalmente, creo que el objetivo en ambos casos viene a ser el mismo, y que la forma sea una u otra se debe al contexto histórico.
En Europa existían unas realidades pre-nacionales en el siglo XIX, América Latina carecía de ellas durante las emancipaciones e independencias, y cuando se consumó la inevitable destrucción del antiguo Imperio Hispánico, los nuevos ciudadanos debieron organizar unos límites primigenios, que como hoy sabemos, irían variando –aumentando y disminuyendo- a lo largo de los años posteriores. Y de aquí surge la ideología, los mitos nacionales se van conformando, pero la nación ya está constituida. A pesar de todo ello, he dicho ya que el resultado final es el mismo: el control de la población.

Entonces, ¿Qué es, pues, una nación? Simplemente lo contrario a todo aquello que creemos que es, es decir, no es una cultura, una lengua o un pasado común. Una nación es aquello que un grupo de individuos acepta que es, hoy consolidada en Francias, Catalunyas o Noruegas; pero, ¿Quién sabe? Quizás mañana seamos de nuevo siervos del Rey de Ruritania o el Barón Rampante, o simplemente respondamos con la frase de aquel anuncio de una conocida marca de refrescos: -“¿Y tú de quién eres? –Yo de Kas naranja”.

Iván Garnelo Morán

*Artículo para la asignatura del Grado en Història-UAB: "Nacions i nacionalismes a l'època contemporània" Curso 2015-2016