6 de octubre de 2016

Sacralidad

Tertuliano, un apologeta del siglo II, venía a sentenciar algo así: "Credo quia absurdum" (Creo porque es absurdo), aunque claro, literalmente la frase era más compleja (Credible quia ineptum: certum est quia impossibile est, que traducido sería: Creo porque es estúpido: es cierto porque es imposible). Sin embargo, la primera frase sintetiza bien lo que decía Tertuliano.

Alguna gente también atribuía esta primera frase a San Agustín de Hipona, padre de la Iglesia Romana, quien adaptó exitosamente la filosofía platónica a las tesis cristianas. Y esto nos lleva al hilo de las discusiones teológicas en torno a los mensajes de las religiones, su veracidad, sus interpretaciones, la existencia o negación de un ente divino (Dios), la tradición, la sacralización. 
Lo sagrado es importante, porque en el momento que algo se vuelve sacro para la sociedad, es algo que se vuelve incuestionable. Pensemos pues en Dios y las interpretaciones de sus mensajes para los humanos. La existencia de los profetas (Moisés, Abraham, Ismael, Noé, etc.), ha sido incuestionable, incuestionable porque es sagrada. Y el uso de la sacralización se ha extendido fuera de la religión, o también me aventuro a decir que la religión ha sobrepasado los límites de lo divino centrado en Dios y sus mensajes. 

Miremos ahora hacia nuestra sociedad, encontramos elementos sagrados fuera de las iglesias. Reyes, repúblicas, equipos de fútbol, personajes públicos, el estado, la nación. Cosas que se han armado de sacralidad, lo que las convierte en eternos, pétreos e inmutables, también las convierte en algo que es desde la noche de los tiempos, ese lugar remoto e inexacto del pasado, cuando nada era nada y lo era todo. Pero al hilo de lo sagrado, en los últimos doscientos años, hemos ido sacralizando hechos históricos, fechas, personas. Por ejemplo, ¿Qué me dicen del 14 de julio francés? ¿o del 12 de octubre en el mundo hispánico? ¿Y la carga de la caballería ligera de los británicos? ¿O Michael Collins en Irlanda? ¿Qué pasa con Messi o Cristiano Ronaldo, personajes sacros de la actualidad? El problema de algo que se torna sagrado no es que sea bueno o malo, en un sentido puramente moral del bien y el mal, al contrario de todo esto, estas cosas se sitúan por encima de lo bueno y lo malo. Y algo que se vuelve sacro genera ultras, sobrepasa su mundanismo y los torna férreos defensores del nuevo ente cuasi divino.

No podemos evitar que, al cobijo del devenir histórico, los elementos comunes sobre los que se identifica un grupo de gente se tornen sacrosantos y divinos. Y se tornan universales al mismo tiempo, porque la religión, sobre todo la católica, ha tendido a asumir que lo sagrado es universal, y bebiendo nosotros de esas raíces católico-romanas (al menos los que nos llamamos occidentales), no podemos evitar volver universal lo sagrado. 

Y siguiendo el caso, lo universal también es sinónimo de eterno, porque lo universal es todo, y el todo se vuelve eterno, que viene a ser algo que siempre ha sido y siempre será. No cabe lo finito dentro de lo universal, dentro de lo eterno. Dios nunca ha tenido límites, es omnipotente, y como entidad omnipotente (que todo lo puede), no puede tener límites. (aunque aquí entraríamos en una paradoja sobre Dios y su omnipotencia que no viene al caso) Y, ya no la idea de Dios en sí, sino la idea de lo divino como infinito, ergo eterno, ergo universal, ergo sagrado; hace que aquellas cosas que le damos estatus de sacras, se vuelvan eternas y, por tanto, infinitas.

Es cierto que en la actualidad el ser beato ya no requiere participar del rito religioso tradicional, o lo que es lo mismo, ir a misa. Requiere toda una serie de símbolos de todo tipo. Ir a ver el partido del fin de semana, participar de las manifestaciones nacionales, etc., se han convertido en nuevos lugares de culto, y no llevan a deducir que lo sagrado ha superado las barreras eclesiásticas. Ya no basta con ser un buen cristiano, o al menos parecerlo. Hay que parecer un buen seguidor de un equipo deportivo, un buen ciudadano que participa de la nación, a fin de cuentas, participar de los nuevos ritos religiosos para demostrar afección por las nuevas realidades sacras.

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